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La teniente

“¡Buenas tardes le dé Dios, don Chofo???, le dijo la señorita Pimpa a don Sofonías Pereira, cuando ese día lo halló sentado en el atrio de la iglesia. Como buen caballero, don Sofonías se alzó, correspondió al saludo de la dama, y la tomó del brazo para ayudarla a bajar gradas. “¡A saber dónde se habrá metido el mentado sacristán!???, comentó ella mientras avanzaba hacia la acera.

La señorita Pimpa era maestra, soltera, hija única, con casi seis décadas en la osamenta. Alta, delgada, aguilucha de rostro, musunga de pelo, velluda de piernas, no dejaba nunca su traje sastre. Si iba a velorios: negro; si a clases: celeste, marrón, crema, o lo que fuera, pero siempre con ese terno –falda, blusa y chaqueta– que la hacía sentirse espléndida.

Claro que los alumnos, impíos, la llamaban la Teniente. Y es que también, calzada con altos y punzantes tacones, zanqueaba largo y pateaba fuerte. “¡¡Ya viene la Teniente!!??? Y el monerío volaba a acomodarse en los pupitres, mientras la maestra pasaba revisión, con aspecto de peligrosa gárgola.

Pero no era agresiva la señorita Pimpa. Después de todo, sus alumnos la querían por su proximidad humana y la respetaban por su competencia académica y por su capacidad para mantener los marcos de toda buena educación: “La tarea es para el lunes a las ocho; no para las ocho y media, ni para las nueve. ¡Y no admito el clásico ‘es que fíjese que’ de los haraganes!??? Y en cuestión de buenos modales era implacable: “Andar limpio el uniforme, usar pañuelo, llevar los zapatos bien lustrados, peinarse, son actos de respeto para uno mismo y para los demás???. Y resucitaba el manual de Carreño para el comportamiento público y privado.

via La teniente – La Prensa Gráfica – Escrito por Francisco Andrés Escobar.

Este artículo me transportó a los días de escuela en el pueblo y en Santa Rosa. Saludos para todas ‘las tenientes’ que se cruzaron por nuestros caminos.

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