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De mojado a profesor – por Lamberto Roque Hernández

Hace mucho calor aquí en el pueblo. Cuando llegué, hace una semana, aún tenía la piel blanquizca por haber estado tanto en la sombra. Hoy, ya estoy agarrando color, entre rojizo y color de la tierra. Me ha estado quemando el sol. Los primeros días, me molestaba casi todo. El polvo. El ruido de los vecinos. Los chismes del pueblo. El tener que despertarme debido al escándalo de los gaseros, y el pregonar de las tamaleras. En estos días, hace aire por las tardes y se levanta la tierra. Me irrita la garganta. Me lastima los ojos. Se me pega en el pelo y se hace mugre. Más de la que estoy acostumbrado.

Hace mucho calor, pero esto es lo que extrañaba al andar allá en el norte. En el otro lado, por estas fechas hace frío. En estos días está lloviendo en algunos estados. En otros está nevando. Allá en el norte de California donde vivo, el cielo es gris casi todo el día durante estos tiempos invernales.

Hace calor aquí en el valle oaxaqueño. Seco. Las calles de mi poblado son las mismas. Sin pavimentar. Sin banquetas. Caminos de tierra que contrastan con lo brillante de mis zapatos tenis naikis. Mis ropas se impregnan del polvo que opaca sus destellos. Sudo y me doy cuenta que estoy pasado de peso. La gente de por aquí dice que todos los que nos vamos pa’l norte regresamos gordos. Es cierto.

Por esas mismas calles desfilan las trocasque han sido traídas desde el otro lado. Tienen que compartir el reducido espacio con los toros, vacas, chivos, y otros animales del lugar. Suena la música que escapa de los caros sistemas de sonido que mis paisanos han instalado en sus autos. Corridos de narcos, de pistolas, canciones elogiando carros, y duranguense, la corriente de moda en estos días. Nadie toca la música oaxaqueña.

via Ojarasca – La Jornada.

Mi amiga Heather compartió este artículo y me recordó mucho las experiencias de un montón de compañeros y compañeras de High school y la universidad. Es que le pudiera cambiar el nombre del autor y el nombre del pueblo para que encaje con la experiencia de miles de otros inmigrantes que como, Beto, pasaron de ser mojados a ser parte de las entrañas de este país.

Cuando celebren el grito de independencia, no olviden a aquellas personas que tuvieron que salir ya que el grito era ensordecedor y no de independencia y mejores condiciones de vida…

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