Con una michelada virtual mandamos a Saludar al primo René ;)
Fíjense ustedes que el tiempo tiene una manera peculiar de separar a las personas, pero también de reencontrarlas. Mi primo René (bueno, técnicamente mi tío) es el vivo ejemplo de eso. De vez en cuando nos veíamos allá en Pasaquinita o en el pueblo. Esto era posible gracias al gran cariño de hermanos que tenían Papa Toño y tía Mario, ya que siempre se mantenían bien unidos. Recuerdo esos momentos de nuestra infancia como si hubieran sido ayer.
Una de las memorias que me viene a la mente con más claridad es cuando, en séptimo y octavo grado, mientras estudiábamos en La Mixta y yo no podía ir a casa por los paros que habían debido a la guerra, René y yo caminábamos juntos después de la escuela, desde Santa Rosa hasta su casa en Pasaquinita. Era un recorrido que nos tomaba un buen rato, pero no importaba la distancia porque los pasos se hacían livianos con la conversación y las risas. Caminábamos a mediodía, con el calorcito típico de por allá, en Oriente. 😉 Cada vez que llegábamos a la casa de tía Mario, la bienvenida siempre era la misma: una sonrisa cálida, generosa, que parecía invitar a quedarse por un rato más.
La casa de René y su familia tenía algo especial. No era solo el calor del hogar, ni la comida deliciosa que nos esperaba, sino la sensación de estar entre familia. Y aunque éramos jóvenes, había algo en esa casa que nos daba una paz y una sensación de pertenencia.
Lo curioso es que, después de todos esos años, la vida nos llevó por caminos distintos. Así, pasaron los años sin que nos viéramos, sin que compartiéramos más que algún saludo casual por teléfono o cuando pasé por su casa la vez que fui a Houston a principios de los 90. Pero el reencuentro llegó el año pasado. René y yo volvimos a encontrarnos, esta vez en su casa en El Salvador —una casa bien chiva, con piscina, hamaca, palos de coco y mango, ¡toda la onda! No pude evitar sentir una mezcla de nostalgia y alegría al ver que el tiempo, aunque implacable, no había borrado lo importante: el cariño y el lazo familiar que siempre compartimos.
René me recibió con la misma generosidad de cuando éramos cipotes allá en El Salvador. El mismo René de mi infancia, el que caminaba conmigo desde Santa Rosa, estaba ahí, pero con más experiencias, más historias que contar, y con la misma sonrisa cálida y acogedora que siempre me había brindado. Esa sensación de familiaridad, de que los años no habían pasado, fue un regalo inmenso. Todo parecía tan natural, como si no hubieran pasado los días ni los años entre nosotros.
Al estar con René, recordé la importancia de esos momentos simples, pero tan significativos, que compartimos cuando éramos niños. Las caminatas, las conversaciones sin rumbo, los chapuzones en la Poza San Antonio, los pequeños gestos de cariño de su mamá… Todo eso que parecía cotidiano en ese entonces, hoy lo valoro con una profundidad que solo el paso del tiempo puede otorgar. A veces, los momentos más sencillos son los que más marcan, y esos recuerdos con René y su familia son tesoros que siempre llevaré conmigo.
Hoy, me siento agradecido por ese reencuentro. Me recordó que, a pesar de la distancia y los años que pasen, la familia verdadera es un lazo que nunca se rompe. Y aunque el tiempo se lleve muchos momentos, los más importantes permanecen grabados en el corazón.
René, muchas gracias por la generosidad de tu compañía, por los recuerdos compartidos y por la calidez que siempre ofrecés. El reencuentro fue un recordatorio de que, aunque cambien los lugares y las caras, el cariño familiar siempre se mantiene intacto.
¡Feliz cumpleaños! ¡Ojalá que pasés un lindo día y que no tengamos que esperar otros tantos años para vernos y disfrutar de momentos juntos, como cuando éramos cipotes!
Actualización
La compa Elsy me dice que esta es una de las canciones favoritas de René así es que acá va, vos para que te sepan aún más ricas esas micheladas.



